Sobre las “causas
profundas” del terrorismo.
El Correo 6 de Enero 2016
Nos quedaríamos sorprendidos saber la cantidad de personas que, si al menos
no se alegran de los atentados, siempre están dispuestas a entenderlos, a
explicarlos, a atribuirlos a tal o cual causa, incluso transcendida, pero siempre
exterior a la propia subjetividad criminal de los autores de las masacres. Lo
hacen en privado casi siempre, claro está. Es de agradecer por lo tanto el
artículo de opinión titulado Solidaridad
o Barbarie, publicado en estas mismas páginas el 17 de diciembre de 2015, por
Igor Ahedo profesor de Ciencias Políticas de la UPV, donde hace
un recorrido interpretativo de los recientes atentados terroristas en Paris, que
me he propuesto criticar aquí, ya que se sitúa en el renglón de los análisis
más claros de los que se han escrito sobre los abyectos crímenes de Paris. Y en
el de los más equivocados también.
Se lee en ese texto que “Tanto en 1995 como en 2005, la ciudad de las luces
fue iluminada por las llamas (…) miles de jóvenes salieron a las calles a
manifestar su agravio arrasando con los iconos del consumo (…) Se trató de una
manifestación de rabia nihilista, orientada a la auto-destrucción (por lo de la
quema de coches supongo). Hace unas semanas hemos visto que la rabia ha
transmutado en odio. (…) ahora orientada contra aquellos que se sitúan al lado
del espejo de la exclusión: quienes asistimos a conciertos, cenamos en la
calle, nos divertimos en una noche de viernes.”
Este planteamiento nos puede ir deslizando sobre ese otro
que afirma que el odio insensato sobre el que se asienta el terrorismo es un
resultado previsible, pero que lo que lo causa no es tan insensato. Y de ahí a
sospechar incluso que podemos ser nosotros mismos, las victimas, los que
causamos el desencadenamiento terrorista feroz, queda poco trecho.
Más adelante prosigue: “(…) Como la identidad de legitimación cada vez es
menos sostenible en la medida en que las formaciones tradicionales están
gestionando recortes del bienestar de las personas, estos partidos deben buscar
nuevos mecanismos para seguir manteniendo la adhesión ciudadana, siendo uno de
ellos la política del miedo”.
Aquí a
nuestro profesor le falla la mesura; Una cosa es velar democráticamente sobre
el modo con el que se decretan las medidas de excepción que limitan nuestras
libertades puntualmente para luchar más eficientemente contra los terroristas y
otra es afirmar como Igor Ahedo, que: “(…) La ciudadanía que no puede legitimar
el estado porque no le garantiza su bienestar y protección, lo acaba
legitimando porque garantiza su seguridad con francotiradores en todas las
azoteas.”
Estos análisis sin sentido los propagaban
también los apologistas de la acción de ETA, cuando en calidad de mandarines orgánicos de la izquierda autoritaria que
asesoraban a los terroristas, exculpaban a los matarifes contándonos aquello de
las causas profundas del conflicto vasco.
Estrafalarios pensadores al acecho de la explicación de lo injustificable.
Sujetos que nunca se conforman con lo
que se ve de inmediato siempre que actúan los asesinos, a los que no les basta
con lo que dicen los verdugos mientras duran sus escarnios, que no resienten
empatía sincera con las víctimas, que no se fijan en los contenidos de las
discursos delirantes de los valedores del terror. ¿Ya se nos ha olvidado?
También aconsejamos a los partidarios de las “causas profundas” ponerse al día con los
trabajos de Krueger A.B. y Maleckova J. (Education, poverty, political violence and terrorism:
is there a causal connexion), hace más de 10 años en el que muestran en cambio, que el vínculo
entre, por una parte, la pobreza y la educación y, por otra parte, el terrorismo
no se puede establecer tan alegremente.
Lo que no quiere decir que no haya que analizar porqué, a
la conflictividad endémica a la que asistimos en ciertos lugares del planeta,
le corresponde al mismo tiempo resultados de desarrollo humano desastrosos.
Pero aquí ya no estamos tratando del origen del terrorismo fundamentalista que es otra
cosa, porque qué duda cabe que los magnates de la muerte siempre explotan la
miseria social que aun abunda en demasiados lugares, así como la asfixia
política en esas regiones del mundo, para prospera a cuenta de todo ello.
En Nueva York, Madrid, Paris y demás lugares los
terroristas han querido degollar los ideales de las sociedades abiertas, de los
derechos colectivos, de la libertad individual, del deseo de gozar sin trabas.
No nos confundamos ni de enemigo ni de los objetivos a alcanzar para
protegernos de sus crímenes. Todos estos ataques no parecen estar guiados por
motivaciones políticas o estrategias claras. Más bien todo apunta a un paso más
dado hacia el Terror, esa violencia sin límites, sin legibilidad alguna, que
tanto parece resistirse nuevamente al entendimiento, en determinados sectores
de la sociedad vasca.
Después de la emoción legitima tras esas barbaries, claro
que no hay que dejarse devorar por el sentimiento de venganza, hay que resistir
a la tentación de amalgamar sin pensar cayendo en la noche del odio y del
miedo. Un trabajo sobre sí mismo es indispensable para conseguirlo recurriendo
al sentido de la justicia que nos habita.
Estamos
unidos, contra el terrorismo, vale. ¿Ahora qué vamos a hacer juntos? Esa es
siempre la buena pregunta que hay que hacerse. Pero sin ambigüedades.
José
Luis Gómez Llanos, Sociólogo.